Presentar un libro siempre representa una oportunidad para dialogar, tiene sentido cuando provoca preguntas, cuando invita a contrastar ideas y cuando nos obliga a mirar con detenimiento la realidad que vivimos. Esa posibilidad adquiere significado especial cuando la presentación se realiza el día de hoy, en la Confederación de Trabajadores de México (CTM), institución que orgullosamente dirige, nuestro paisano coahuilense Tereso Medina Ramirez, que ha acompañado durante décadas la historia laboral de nuestro país y que conoce el valor que tiene el esfuerzo cotidiano de las personas.

La educación y el trabajo han estado vinculados desde siempre. Las universidades preparan a las personas para enfrentar los desafíos de su tiempo, pero es en los centros de trabajo, en las empresas, en las organizaciones, en el servicio público y en la vida comunitaria donde ese conocimiento cobra verdadero sentido. La formación académica no concluye con la obtención de un título; se pone a prueba en las decisiones que tomamos, en la manera en que ejercemos una profesión y en la responsabilidad con la que contribuimos al desarrollo de nuestra sociedad.

Vivimos tiempos donde la palabra innovación se usa con frecuencia, se habla de nuevas tecnologías, de inteligencia artificial, de transformación digital y de cambios acelerados en todos los ámbitos de la vida. Frente a ese escenario, pareciera que todo lo anterior ha perdido valor y que únicamente lo nuevo merece atención. Sin embargo, esa visión suele ser incompleta. La experiencia me ha enseñado que las instituciones no avanzan por olvidar su historia; avanzan cuando son capaces de comprenderla y construir respuestas para los desafíos actuales. La tradición no debe entenderse como resistencia al cambio, sino como el conjunto de principios que dan identidad a una comunidad. La innovación, por su parte, implica preguntarnos si lo que hacemos, sigue respondiendo a las necesidades de la comunidad.

Esa reflexión dio origen a “De la Tradición a la Innovación”. No surgió con la intención de plantear una verdad definitiva ni de ofrecer un modelo único para las instituciones de educación superior. Nació del deseo de compartir una convicción, que se ha fortalecido con los años: las organizaciones que permanecen son las que saben escuchar, aprender y evolucionar sin perder de vista aquello que las define. En el ámbito universitario esa idea resulta especialmente importante. Las instituciones de educación superior tienen la responsabilidad de preservar el conocimiento, pero también de generar nuevas formas de comprender el mundo. Deben formar profesionistas competentes y ciudadanía consciente de la responsabilidad que implica poner sus capacidades al servicio de los demás.

Al final, esa es la intención del libro, compartir una reflexión sobre el momento que vivimos y expresar una confianza profunda en el papel que las instituciones pueden desempeñar para construir un mejor futuro. No desde la confrontación entre tradición e innovación, sino desde la certeza de que ambas pueden caminar juntas cuando existe una visión clara, compromiso con la sociedad y disposición permanente para aprender.

Los tiempos cambian y seguirán cambiando. Las herramientas evolucionarán, surgirán nuevos retos y aparecerán preguntas que hoy ni siquiera imaginamos. Lo verdaderamente importante será conservar la capacidad de responder a los cambios sin perder aquello, que nos da identidad. Esa, me parece, es la tarea de toda institución que aspire a trascender y de toda persona que quiera dejar una huella progresiva en la vida de los demás.