En mi colaboración de la semana pasada, referimos las obras del dramaturgo griego Sófocles, del novelista francés Víctor Hugo y del escritor ruso Dostoyevsky para referir en forma breve la relación entre Derecho y literatura. Franz Kafka, escritor austrohúngaro, llevó esta relación de artes, hacia otro territorio al mostrarnos un mundo en el que la autoridad y los procedimientos pueden llegar a ser incomprensibles para quien se encuentra sometido a ellos. En “El proceso”, Josef K. se enfrenta a una estructura jurídica que parece existir en todas partes y al permanece fuera de su alcance. La obra ha sido leída de muchas maneras, pero una de sus aportaciones consiste en mostrarnos el temor que puede producir un sistema, cuando la persona deja de comprender las reglas que determinan su propia situación. Ese planteamiento conserva vigencia porque el Derecho no puede convertirse en lenguaje reservado para quienes lo ejercen. Una justicia que no puede ser comprendida por las personas que pretende proteger, corre el riesgo de alejarse de su finalidad. Por eso, formar buenos abogados y abogadas significa formar profesionales capaces de explicar, escuchar y acercar el Derecho a la sociedad.
El novelista británico, George Orwell, en “1984”, nos lleva más lejos al relacionar el Derecho, el lenguaje y el ejercicio del poder. La obra muestra una sociedad en la que controlar las palabras significa controlar la manera en que las personas pueden pensar y comprender su realidad. Esa idea resulta importante para quienes nos dedicamos al Derecho, porque sabemos que las palabras no son un elemento secundario de nuestra profesión. Una palabra dentro de una norma, una sentencia, un contrato o un argumento puede modificar el alcance de una decisión y en determinadas circunstancias, transformar la vida de una persona. El jurista trabaja con el lenguaje y tiene responsabilidad especial sobre la manera en que lo utiliza. La precisión jurídica no debe estar peleada con la claridad; una de las mejores expresiones del conocimiento jurídico consiste en explicar aquello que por su naturaleza, puede parecer complejo.
Acercar el Derecho a la literatura no significa convertir a los abogados en críticos literarios ni a los estudiantes de Derecho en especialistas de otraas artes. Significa recordar que antes que abogados somos personas y que nuestro objeto de estudio también lo son las personas. Un buen jurista necesita conocer las leyes, dominar los procedimientos y comprender las instituciones, pero también necesita desarrollar la capacidad de observar la realidad. La literatura ayuda a desarrollar esa mirada, nos enseña a reconocer matices, escuchar otras perspectivas, entender motivaciones y a convivir con preguntas que no siempre tienen una respuesta inmediata. Todo ello forma parte también de la educación jurídica.
En una Facultad de Derecho, hablar de literatura es formación integral. No basta con preparar abogados que sepan qué establece una norma; necesitamos formar profesionales capaces de preguntarse por qué existe, a quién protege, qué consecuencias produce y cómo puede contribuir a construir una sociedad más justa. Esa tarea exige conocimiento, sensibilidad, criterio y capacidad de reflexión. El Derecho necesita técnica y necesita dimensfión humana para no perder su sentido.
Entre una norma jurídica y una historia existe un espacio y ahí aparecen la justicia, la dignidad, la libertad, la responsabilidad, el poder y la esperanza. Leer literatura desde el Derecho es mirar nuestra profesión desde afuera para comprenderla mejor y leer el Derecho desde la literatura es recordar por qué elegimos estudiarlo en primer lugar. Detrás de cada ley, procedimiento y decisión jurídica, siempre hay una vida humana, que merece ser comprendida.






