Ciudad de México.- La temporada 2025 de la Fórmula 1 ha dejado en evidencia lo que muchos sospechaban: el problema en Red Bull no era el piloto, sino el monoplaza. Sergio Pérez, quien fue desvinculado del equipo a finales de 2024, podría señalar con razón que tanto él como Max Verstappen advirtieron sobre las dificultades del RB20. Los decepcionantes resultados de Liam Lawson, el neozelandés que llegó como la supuesta solución para estar más cerca de Verstappen, han demostrado que el auto no es tan dominante como en años anteriores y que solo el talento excepcional del tricampeón ha podido mantenerlo competitivo.

La decisión de Red Bull de prescindir de Pérez fue tomada con el argumento de que se necesitaba un piloto más consistente para sumar puntos en el Campeonato de Constructores. Sin embargo, la realidad ha sido distinta: Lawson, quien aseguraba no tener problemas para adaptarse a cualquier coche, ha enfrentado las mismas dificultades que en su momento padecieron Pierre Gasly, Alex Albon y el propio Pérez. El deterioro del equipo de Milton Keynes, agravado por la salida de Adrian Newey y otros ingenieros clave, ha dejado en claro que el dominio de la escudería austriaca ya no es el mismo y que su crisis técnica no es responsabilidad de un solo piloto.

Mientras tanto, Checo Pérez puede mirar desde la distancia cómo Red Bull enfrenta las consecuencias de sus propias decisiones. En medio de un ambiente interno cada vez más tenso y marcado por controversias, la escudería ha visto cómo su hegemonía se desmorona. El piloto mexicano, con la tranquilidad de haber cumplido en su tiempo con el equipo, se reivindica ante la opinión pública, mientras que Lawson y la dirección de Red Bull buscan respuestas a un problema que, a todas luces, no estaba en el asiento del segundo auto.