««Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse».
Con ese evangelio, según San Lucas, se despidió un gran pescador: el obispo emérito Francisco Villalobos Padilla, quien apenas el primero de febrero celebraba su aniversario número ciento uno.
Pudimos ser testigos de cómo el tiempo pasaba por su cuerpo pero cada año se afianzaba su conciencia y lucidez. Incluso en una de sus últimas entrevistas afirmó que dicha conciencia plena a sus cien años le permitía agradecer a Nuestro Señor el derramar su gracia para estar consciente y seguir siendo agradecido.
Fuera del hábito coral episcopal, de sus discursos o sus relaciones públicas, lo que hace a un obispo es su sencillez, su bondad, su entrega para continuar la evangelización y la capacidad de hacer sentir a la feligresía que Cristo habla, ama y actúa a través de él.
El jueves un sacerdote escribía «Francisco Villalobos: un obispo con olor a Cristo». Otro más agradeció en la celebración del domingo el haber aceptado el ministerio designado por Dios; la disciplina para cumplir con su misión en esta vida; la entrega para evangelizar; el haber predicado con el ejemplo el amor de Cristo y finalmente la confianza para echar las redes una vez más y adentrarse en el océano para ir al encuentro con el Creador.
Soy una fiel creyente que no conoció de cerca a Monseñor Villalobos, sin embargo me atrevo a decir que su despedida movió algo en mí.
En medio de un ritual muy particular, frente a un coro, entre los pasillos de una de las construcciones más antiguas del Centro Histórico de Saltillo, sobre las lágrimas y los aplausos de los creyentes que lo amaron tanto, pude percibirlo: en efecto, ahí estaba un obispo con olor a Cristo.






