Si uno se guiara exclusivamente por el discurso oficial, pensaría que la economía mexicana avanza con paso firme.

Lástima que los datos, siempre tan incómodos, insistan en contar otra historia; una que es muy triste para la gran mayoría de las familias mexicanas.

El arranque de 2026 ha sido, por decirlo con elegancia, poco alentador. La actividad económica cayó 0.9% en enero, un retroceso mayor al esperado y con contracciones en todos los sectores productivos. Es decir, no fue un tropiezo aislado: fue una señal generalizada de debilidad. A esto se suma la caída de 1.3% anual en la actividad industrial en febrero, impulsada por el deterioro de las manufacturas, uno de los motores clave del país.

Pero no se trata solo de producción. El problema es más profundo. La inversión, ese ingrediente indispensable para crecer, cerró 2025 en apenas 22.9% del PIB, lejos de la meta oficial de 25%. Peor aún, cayó 3.9% anual, con desplomes particularmente severos en la inversión pública. Sin inversión suficiente, hablar de crecimiento sostenido es más un acto de fe que un plan económico.

Y si alguien pensaba que el empleo sería el salvavidas, conviene revisar las cifras. En el primer trimestre del año, la creación de empleo formal cayó 8.4%, mientras más de 9,000 empleadores desaparecieron del registro del IMSS.

Dicho de otra forma: no solo se generan menos empleos, también hay menos empresas con la capacidad para crearlos.

A este panorama se suma una inflación que volvió a acelerarse hasta 4.59% anual en marzo, fuera del rango objetivo del Banco de México. Es decir, el dinero alcanza para menos, justo cuando el empleo se debilita. Una combinación poco recomendable para cualquier economía… y aún menos para los hogares.

Quizá por eso, los analistas han comenzado a ajustar sus expectativas. El crecimiento proyectado para 2026 se ubica en apenas 1.4%, muy por debajo del optimismo oficial, mientras organismos internacionales como el Banco Mundial apuntan a cifras incluso menores, cercanas al 1.3%. En otras palabras: crecer, sí… pero apenas; prácticamente a la mitad de lo que tanto les molestaba de los “tiempos del neoliberalismo” a quienes ahora gobiernan. Y así ha sido la que podemos llamar ya: la década perdida.

Para colmo, como telón de fondo, la deuda pública sigue su trayectoria ascendente, con proyecciones que la colocan en niveles cercanos al 55% del PIB en 2027, el más alto en décadas. Más deuda, menos crecimiento y menor inversión: una ecuación que difícilmente inspira confianza.

El problema no es que la economía enfrente retos; eso es normal. Sino la insistencia en negar su magnitud. Porque mientras el discurso celebra avances, los datos sugieren estancamiento. Y en economía, como en la vida, ignorar la realidad no suele ser una estrategia particularmente efectiva.La pregunta no es si el país puede crecer más. La pregunta es cuándo se empezará a actuar en consecuencia, aceptando que la realidad no cambia por más mañaneras que se realicen.