La lealtad e institucionalidad no son características que definen a la mayoría de los políticos, salvo contadas excepciones; hay los que entienden los tiempos de la política y más allá de sus anhelos saben que la política es el arte de lo posible, no de lo deseable. No de los deseos que de manera recurrente muestra el alcalde de Torreón, Román Alberto Cepeda. Él sabe bien que el candidato a gobernador por su partido político (que creo es el PRI) se llama Manolo Jiménez Salinas y aun así insiste en tratar de descarrilarlo.

Los tiempos y las virtudes en materia de resultados están con el exalcalde de Saltillo y no con el lagunero, que primero debe sortear esa enorme responsabilidad y salir bien, antes que pelear una contienda que ya tiene perdida. Por eso, resulta incómodo y hasta agresivo pedir piso parejo en la selección del candidato a gobernador.

¿Por qué Román no pidió piso parejo cuando el PRI lo hizo candidato a la alcaldía? y ¿por qué busca afectar a Manolo Jiménez y generar inestabilidad en la tierra del gobernador Riquelme? Ambas preguntas se resumen en la falta del factor que hace madurar a los políticos: ser institucional y aprender de los tiempos adversos.

En varias ocasiones Riquelme ha señalado que la base del triunfo electoral se llama unidad y un político que entiende, no cuestiona, que será la diferencia entre triunfo y derrota en la guerra de todas las batallas que ya se avecinan: la elección de gobernador y diputados del cuatro de junio.

Sí, los anhelos son legítimos, tal y como los tiene Jericó, pero Román Alberto trata de presionar en lugar de aportar y eso en la política se paga y muy caro. Y si no, en el escenario de gobernador, Manolo Jiménez tendrá la sartén por el mango y el platillo se llama Román Alberto Cepeda.