Antes del debate del próximo 1 de mayo en el Museo del Desierto, a las 18:00 horas, ya hay síntomas de descomposición para golpear al puntero Manolo Jiménez.

Como descomposición habremos de llamarle a las estrategias que conforman las campañas negras, aquellas que se concentran en mentir, difamar, falsear información y confundir.

En la región Carbonífera, donde Morena supone ventajas, hay otra realidad. Entre los habitantes de Múzquiz, Sabinas y Nueva Rosita cada vez es mayor la preferencia hacia Manolo Jiménez, en respuesta a sus propuestas de trabajo para una región sumida en el desencanto hacia sus autoridades municipales.

Proponer mejores servicios básicos, educación, empleos, mejores servicios de seguridad y respaldos hacia jóvenes y mujeres y, sobre todo, atención integral al sector minero han acabado por enterrar al morenismo sumido en los compromisos incumplidos y las mentiras.

Y si no, ahí siguen los cuerpos de los mineros en El Pinabete y en Pasta de Conchos, donde a las promesas del Gobierno federal de Andrés Manuel López Obrador se las lleva el viento.

Por eso surgen las campañas negras, como de la que El Mirón se enteró: llamadas al celular o al teléfono en casa a altas horas de la madrugada, con la finalidad, primero, de asustar y molestar, y después para aventarle un rollo al receptor en alusión al candidato que desean dañar, sin importar el factor de la imprudencia, pero con el objetivo claro de crear el efecto contra el aludido, en este caso Manolo Jiménez.

Sus mismas seguidoras y seguidores lo han denunciado, al tiempo de enterar a la población de que se trata de una campaña negra que obedece a la desesperación de no avanzar en las preferencias electorales de Morena.

El problema es que ya esas estrategias bien conocidas y repudiadas se convierten en el efecto búmeran que finalmente afecta a su propio autor. Al tiempo.