La presidenta heredó la papa caliente de López Obrador.
El de AMLO fue un sexenio donde la política de los “Abrazos, no balazos” significó la protección hacia los delincuentes.
Hoy, la presidente borró esa política de complicidad y comenzó desde abajo.
Y no es fácil, porque son los propios gobernadores morenistas de AMLO los que le ponen piedrotas en el camino.
Revísele para confirmar que los gobernadores de Sinaloa, Tabasco, Guerrero, Michoacán y Tamaulipas, entre otros, voltean para otro lado al momento en que la presidenta Sheinbaum les pide actuar contra los delincuentes.
Mientras tanto, en estados como Coahuila la presidenta recibe el respaldo de un Gobierno estatal comprometido con la seguridad hacia sus ciudadanos.
Manolo Jiménez no suelta el tema prioritario y el resultado es un Coahuila seguro.
No es que la presidenta Sheinbaum le tenga miedo a los delincuentes, como se lo dijo Trump.
Es que no tiene la voluntad de los gobernadores morenistas, aún y cuando su estrategia demanda voluntad de actuar y no de solapar, como sucedió en los seis años de AMLO.
La presidenta lo sabe bien, porque tiene la película completa.
Sabe quiénes están metidos hasta el cuello y sabe, también, que López Obrador encabezó un Gobierno de disimulo, ante el crecimiento exponencial de la inseguridad en los estados morenistas.







