El reflejo de este sexenio fue la imagen de ver al señor presidente atascado en un tramo de la carretera México-Acapulco, cuando se dirigía a este puerto a ver cuáles habían sido los daños que había dejado el huracán Otis a su paso. Imagínese usted que, en los momentos más vulnerables de un país, su máximo líder esté varado en medio del fango por la necedad de querer hacer todo a su modo; con ese afán populista de que se vea la austeridad franciscana, aunque tardara horas en llegar y solo para estar un rato, para luego regresar de nuevo a su palacio y hablar de su popularidad. Es de no creerse.

Hoy, Acapulco vive una emergencia humanitaria sin precedentes, no hay alimentos, no hay servicios, hay saqueos, no hay seguridad y los daños son incalculables, aunque, “por suerte”, como diría AMLO, solo hubo 27 muertos, aunque la verdad es que la cifra real, como suele ser en estos casos, nunca la sabremos. Y eso que de damnificados aún no hay una cifra oficial.

Al escribir estas líneas, no existe una estrategia definida de cómo actuar para comenzar el rescate del puerto y sus alrededores. La gobernadora Evelyn Salgado Pineda tiene tiempo que entregó el estado a la delincuencia organizada y con todo esto no podemos esperar nada de ella, la ineficacia en su máximo esplendor. Ahí la importancia de saber elegir bien a nuestros líderes.

El panorama es difícil, las imágenes que vemos en todos lados son crudas y ya se tardaron en anunciar que todo el esfuerzo, tanto humano y económico, lo van a destinar a nuestros hermanos en desgracia, que son prioridad en estos momentos, pero también vamos elevando oraciones que no lo manden al Tren Maya.