El narcocampamento de Jalisco es otra herencia oscura de corrupción de Andrés Manuel López Obrador a la presidenta Claudia Sheinbaum.
Sin llevar la gravedad del tema al ámbito político, es una verdad absoluta que en el sexenio pasado, federal y estatal, tuvieron conocimiento de los asesinatos y aberraciones contra cientos de secuestrados en el rancho Izaguirre de Teuchitlán.
¿Qué hizo la Fiscalía General de la República o el exgobernador de Jalisco, Enrique Alfaro?
Nada.
Encubrieron los hechos que estallan hoy y dan otro argumento más al presidente de Estados Unidos sobre los políticos que protegen al narcotráfico.
La presidenta Claudia Sheinbaum anunció un plan de investigación, con evidencia científica, para brindar certeza y la verdad a las familias de las personas desaparecidas.
Afronta la difícil realidad de un país inmerso en la inseguridad, en estados morenistas como Sinaloa, Guerrero, Zacatecas, Michoacán y Tabasco, entre otros.
Y es que es imposible no llevar este tema tan grave a la política, en razón de que, en Jalisco Movimiento Ciudadano y en los estados morenistas inseguros, sus autoridades no le cumplen a sus ciudadanos y, por el contrario, se relacionan con el crimen organizado.
Por eso, el Gobierno de Estados Unidos agradeció la entrega de los 29 delincuentes, pero dio otro paso al exigir que sean detenidos aquellos que, protegidos por la función pública, son cómplices de la delincuencia.
A la presidenta Sheinbaum le ha tocado bailar con el más feo.
Sin embargo, no hay que pasar por alto que la herencia es producto de un sexenio de corrupción y de mentiras del expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Aquel que en las mañaneras siempre tenía otros datos para defender lo indefendible y mostrarse como un presidente de un país alterno, alejado de nuestra realidad de inseguridad en la mayoría de los estados de sus aliados morenistas.






