La credibilidad es uno de los principales activos de un político y Ricardo Mejía no la tiene.

Primero, porque como subsecretario nacional de Seguridad se la pasó de vacaciones mientras crecía la inseguridad en los estados que hoy gobierna Morena.

Segundo, porque utilizó el puesto para sus fines políticos y traicionó a su entonces jefe político, Andrés Manuel López Obrador, promotor del huachicol profesionalizado.

Tercero, porque Mejía traicionó a los morenistas, al orquestar el golpeteo al entonces candidato a gobernador, Armando Guadiana.

La traición fue tal, que la hoy presidenta Claudia Sheinbaum le dijo al Mirón que Ricardo Mejía era un traidor.

Cuarto, porque sigue utilizando la imagen de Morena cuando le conviene y con esa mentira logró la diputación plurinominal por el PT, solo que ahora los morenistas ya no le creen.

Mejía está devaluado.

No tiene trabajo político y su participación se reduce al oportunismo con denuncias sin pruebas.

Sobre todo en el tema del huachicol, que tuvo su máximo crecimiento precisamente en el sexenio de AMLO, donde era su responsabilidad atacarlo, y nunca lo hizo y a eso se le llama complicidad.

Por eso Ricardo Mejía no tiene credibilidad y eso es lo peor que le puede suceder a un político.