Saltillo.- La historia sucede en una vieja casa de Saltillo,y dicen que en ella se pueden escuchar los lamentos de aquel terrible hecho que pasó en una casa ubicada en el número 429 de la calle Melchor Muzquiz.
Vecinos cuentan que pasada la medianoche en su interior se oye el grito aterrador de una mujer, así como el llanto de una niña y que aún persisten en su interior ecos y matices del dolor que las llamas infernales causaron en dos pequeños niños de 11 y 5 años.
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Los hechos apuntan que en un arranque, ‘la Güera’ terminó asesinando a sus hijos.
“Nunca los quiso”, dijeron los vecinos que conocían a Rocío Hernández, conocida como “La Güera” de Saltillo – lugar donde residía -, al ser cuestionados por medios locales sobre la relación que llevaba con sus dos hijos, un varón de 11 años y una niña de apenas cinco.

La mujer quemó a sus hijos al rociarlos con gasolina la noche del 24 de marzo de 2009, el hecho estremeció a la ciudad y la prensa local registró el suceso y sus ecos.
Los vecinos, citados por medios locales como Zócalo, Vanguardia o El Diario de Coahuila, dijeron que “La Güera” siempre fue rara, presuntamente sufría esquizofrenia y su adicción por el alcohol no la ayudaba.
Los hechos se suscitaron alrededor de las 02:00 horas cuando a la casa llegó la mujer en completo estado de ebriedad luego de escenificar un pleito amoroso con su pareja sentimental –y padre de los niños– en el bar la Jirafa ubicado sobre el Paseo de la Reforma, donde ambos trabajaban.
Según declaraciones de conocidos de “La Güera ” como la conocían en su trabajo, mantenía una relación con un socio del negocio y quien “supuestamente” le debía 200 pesos y que ya casi para cerrar el negocio, le exigió el dinero. Al tener la negativa del adeudo y terminar la relación, decide retirarse molesta y llorando hacia su casa.
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Según el taxista que llevó a la mujer hasta el domicilio, la homicida tuvo primero la intención de adquirir veneno para ratas para envenenar a sus hijos.
Frustrado su intento por conseguir el veneno, “La Güera” le pidió al chófer que la llevara a su casa y la esperara. Minutos después salió con dos garrafones y le pidió ir a la gasolinera más cercana en donde los llenó hasta el tope.

Tras ser alertados, los primeros que llegaron a la calle de Múzquiz fueron policías municipales quienes tras escuchar los gritos de dolor de los niños y su madre decidieron entrar sin esperar a los bomberos para ver una escena que seguramente perdurará en su mente toda su vida: los dos pequeños y la mujer retorciéndose, rodeados por las llamas, en el suelo.
Con cobijas y lo que encontraron lograron sofocar unas cuantas llamas y sacar los tres cuerpos carbonizados, aún con vida, al patio de la vivienda de donde fueron trasladados al Hospital Universitario de Monterrey.
En el nosocomio el pequeño Alexander le alcanzó a decir a los paramédicos que su madre los había “bañado” con gasolina y luego les había aventado un cerillo. Posteriormente cayó en un coma del cual nunca despertó.
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Ambos fallecieron cuando eran preparados para ser trasladados. Su muerte significó para Saltillo una de las peores tragedias de las que se tenga memoria.
Roció estuvo internada unos días más en el Hospital Universitario de Monterrey bajo el estatus de detenida por probable asesinato. Su cuerpo, consumido también por las llamas, no soportó mucho y justo el día en que enterraron a sus pequeñas víctimas, murió.
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