“Lo cambió todo. Los gais tenían orgullo, pero no era un orgullo de ser gay, era un orgullo de ser ellos mismos, era un orgullo individual”. Después del Stonewall “se convirtió en orgullo colectivo”, contó Martin Boyce, uno de los habituales del bar que participó en aquellos disturbios.

Un 28 de junio de 1969 una revuelta en un bar de Greenwich Viallge logró generar un cambio en el mundo de la comunidad LGBTI+. No era la primera protesta que se hacía en búsqueda de los derechos de la comunidad y (desafortunadamente) no ha sido la última, pero lo que es un hecho es que la historia cambió en un tugurio en el que personas homosexuales, lesbianas, transexuales y dragas resistieron y contraatacaron a los abusos policiales.

Durante los 1900’s la homosexualidad era cruelmente perseguida: La Segunda Guerra persiguió fervientemente a los homosexuales etiquetándolos bajo un triángulo rosa. En México, años antes, el escándalo de los 41 sacudió al país entero mientras casi al mismo tiempo la prisión de lecumberri albergaba en su crujía “J” a hombres cuyo único crimen fue ser homosexuales, regalándonos para la historia el despectivo término “joto”. Y en Estados Unidos… En Estados Unidos la ley decía que podías perderlo todo por declararte parte de la comunidad, por apoyarla o por brindar espacios recreativos para los mismos.

Aun así, en medio de del caos de la época, hubo un bar propiedad de la familia Genovese, una de las más importantes dentro de la mafia italiana de New York, que se distinguía porque su clientela era completamente parte de la comunidad: El Stonewall Inn.

Durante esa época y por ley, la redadas policiacas estaban permitidas. Los gendarmes tenían la autoridad para irrumpir en cualquier bar y tomar acciones contra aquellos que sirvieran bebidas a homosexuales. Las leyes eran tan absurdas que estas incluían (pero no se limitaban a) prohibir la venta de bebidas a gais, que un hombre le regale una bebida a otro, que un hombre baile frente a otro o que le hable en un tono que podría considerarse “coqueto” (lo que sea que eso signifique).

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Los pocos bares que permitían a personas de la comunidad sobrevivían de dar “mordidas” a los policías para que estos sólo cumplieran con la formalidad de la inspección, decomisaban un par de botellas, arrestaban a parte del staff y a uno que otro travesti, pero la situación generalmente no pasaba de eso… y de algunos tocamientos sin consentimiento por parte de los polis. Dentro de la clientela era bien sabido que cuando las luces se encendían y la música paraba, era hora de dejar de bailar o besarse y salir lo más discretamente posible.

La cosa iba relativamente bien hasta que en 1969 un nuevo comisario moralista decidido a frenar la corrupción llegó a New York y con el pretexto de que había aumentado el flujo de bonos que se enviaba a Europa y adentro de los bares se juntaban estos financistas fue como comenzó todo.

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Por órdenes del comisario el 24 de junio decomisaron las bebidas y arrestaron al staff de Stonewall; el 25 nuevamente arrestaron a los empleados y a todo el que estaba trasvestido, además de secuestrar los jukeboxs, la máquina expendedora de cigarrillos y hasta una barra de bar. El viernes 28 poco antes de la medianoche, las luces del Stonewall se volvieron a encender y la música se apagó. Cuatro policías de civil y dos uniformados empezaron a los gritos y pusieron a todos contra la pared. Rápidamente separaron a los que estaban vestidos de mujer. A los demás los pusieron en fila y fueron controlando sus documentos. Los que no tenían identificación o los que tenían una falsa para poder tomar alcohol también eran separados. Pese a que este procedimiento era habitual, esa noche los concurrentes al Stonewall tuvieron menos paciencia que otras veces. Tal vez fuera porque los que iniciaron el procedimiento se habían infiltrado de civil en las horas previas y se sintieron estafados en su confianza o porque la persecución y las razzias en el Stonewall eran demasiado frecuentes.

Contrario a otras ocasiones, los comensales se empezaron a revelar y a negar su colaboración. Hubo empujones, gritos y hasta insultos. Se pidieron refuerzos. Un carro para trasladar detenidos arribó en pocos minutos. El resto de las unidades policiales solicitadas por el comisario, no llegaron. Quizá subestimaron la situación, consideraron que era otro de los procedimientos de rutina… lo cierto es que los que salían del local, a diferencia de las otras veces, no se escapaban en la oscuridad. Se quedaron en los alrededores, gritando contra la policía, exigiendo por sus derechos, mostrando su indignación. Rápidamente mucha otra gente se sumó. Varios centenares de personas se amontonaban en la vereda frente al Stonewall. Un policía zamarreó del brazo a una travesti y la empujó hacia el carro de detención. Esta giró y le asestó un certero golpe en la cabeza con su cartera. La multitud bramó. Mientras eran llevados los empleados del bar, los manifestantes comenzaron a lanzar monedas de un centavo contra ellos y aplaudían: también estaban cansados de los sometimientos de la mafia. Una lesbiana, con traje masculino, dio pelea durante casi diez minutos antes de dejarse meter dentro de un patrullero e impedir el arresto. Se dice que combatió a puño limpio contra al menos 4 policías y cuando finalmente fue vencida por un macanazo que la hizo sangrar gritó a todo pulmón “¡¿Por qué no hacen algo?!”

Según los testigos esa riña, ese acto de resistencia parece haber sido el que terminó envalentonando al resto. En ese momento un policía cargó contra la multitud que respondió enfurecida. Latas, botellas, piedras y todo elemento contundente que hubiera a mano empezó a volar contra la policía. La reacción fue inesperada. En pocos minutos decenas de unidades de apoyo llegaron al lugar. Pero también se sumaron, de a cientos, los que protestaban. Alguien sacó de cuajo un parquímetro y lo estrelló primero contra la puerta del local y luego contra el capot de un auto policial. Fue una batalla campal de varias horas de duración que se apaciguó recién cuando amanecía. Decenas de detenidos, vidrieras destrozados, botellas rotas, rastros de sangre seca sobre el pavimento, el parquímetro deshecho y pequeñas fogatas que todavía ardían.

El dueño del bar, y al más puro estilo de la mafia, reacondicionó el lugar para la noche siguiente, la del sábado 29 de junio. Otra vez, cerca de medianoche, las luces encendidas, el pedido de documentos, los carros policiales en la puerta. La respuesta fue feroz. Cientos de personas apedrearon a los oficiales y se resistieron. Mucha más gente que la noche anterior. La voz se había corrido y los homosexuales estaban dispuestos a dar pelea. No querían seguir viviendo en la oscuridad, soportando vejaciones. Christopher Street se convirtió en un inesperado campo de batalla. El domingo los incidentes continuaron aunque con menos ímpetu. Tanto la policía como los clientes del Stonewall parecieron tomarse un descanso.

Pero tres días después, el miércoles por la noche, unos graffitis en la pizarra de anuncios de la vidriera del local, indicaba que todo había cambiado:  Gay Power, rezaba el más grande. El otro hablaba de prohibición, de corrupción, mafia y policías (Gay Prohibition Corrupt$ Cop$ Feed$ Mafia).

Un grupo de drag queens bailaban como las coristas de un teatro de revistas mientras cantaban: «Somos las chicas del Stonewall/ Usamos rulos/ no llevamos ropa interior/ se nos ven los pelos púbicos», esto para alejar al grup ode policías que quería ingrsar al lugar. El ánimo era tenso. El desafío y el hastío dominaban el aire de Christopher Street. Circulaban panfletos que clamaban: «Saquen a la mafia y a los policías de los bares gay».  Y otra vez los incidentes. Pero la policía, a pesar de contar, con varias unidades y decenas de hombres, no podía contener a los manifestantes. Fue la noche de mayor virulencia. Los enfrentamientos duraron horas y los destrozos cubrieron varias cuadras.

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La noticia, naturalmente, llegó a los diarios. Pero fundamentalmente se extendió por todo Estados Unidos el ejemplo. Los homosexuales exigían ser tratados dignamente, dejar de ser perseguidos y que se respetaran sus derechos. Las organizaciones (algunas ya existían) empezaron a crecer y a reproducirse. Las acciones también. Ya nadie se quedaba callado. En la prensa, en oposición a las Panteras Negras, se empezó a hablar de las Panteras Rosas. Un año después, el 28 de junio de 1970, en conmemoración del primer aniversario de la revuelta de Stonewall se llevó a cabo la primera marcha del orgullo gay. De la oscuridad a marchar con orgullo por las calles con la luz del día. Fueron apenas 400 pero al año siguiente ya pasaron el millar. Hasta ese entonces a los homosexuales se los conocía como los Twilights, los crepusculares, porque sólo salían de noche. Hubo revueltas previas, reacciones y hasta grupos que lucharon por los derechos pero fueron los sucesos de esas noches de 1969 en  Stonewall los que cambiaron para siempre las reglas de juego.

El 26 de julio de 1978, en la ciudad de México se celebró la primera marcha del orgullo homosexual, aunque las autoridades prohibieron que desfilaran por la calle de reforma. Fue hasta dos años después que gracias a las acciones de diferentes grupos encausados lograron hacer que el desfile circulara por la avenida principal de la ahora CDMX.

¿Sigues pensando que “esas no son formas”? 

 

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