Hay episodios dentro de la historia que desearíamos que hubiesen ocurrido de manera distinta, pero regresar el tiempo es completamente imposible y vivir con las cicatrices y la culpa de aquello que hicieron nuestros ancestros en terribles guerras es algo que vamos a tener que hacer siempre. Parece que lo único que nos queda en contar dichas historias para que no vuelvan a repetirse, aunque viendo el comportamiento humano, parece que poco o nada hemos aprendido.

Así llegamos a Oppenheimer, la doceava cinta del multipremiado director inglés Christopher Nolan, quien regresa después de su trabajo en Tenent con una película histórica (a la Dunkerque), donde nos relata de manera vívida el trágico momento en el que Estados Unidos lleva a cabo los preparativos para estallar la bomba atómica, creada y calculada por el físico Robert Oppenheimer.

El guion se centra en diferentes líneas temporales de la vida de Oppenheimer, desde sus años de estudiante, pasando por su ingreso al Proyecto Manhattan y las audiencias posteriores al estallido de la bomba atómica en Iroshima y Nagasaki. Con la culpa a cuestas, el físico norteamericano tratará de buscar la manera de ser escusado de sus actos, mientras vive las consecuencias de los mismos y entiende que repercutirán en todos los ámbitos de su vida y en la política de Estados Unidos.

Siendo fiel a su manera de contar historias, Nolan coloca símiles de la trama con mitos de origen, como es el caso de Prometeo, mientras salta de un momento a otro de manera no convencional y entreteje un argumento complejo y lleno de matices con diálogos largos que llenan casi tres horas de película, lo que no termina por enmarcar una historia redonda donde se tome en cuenta a las víctimas.

De manera inmediata, el director nos pone ante un momento desgarrador y con consecuencias catastróficas, pero poco a poco devela la vida de aquellos que estuvieron detrás de la creación de la bomba atómica, aunque parece que no ahonda tanto en los motivos que los llevaron a hacerlo y se siente más como una propaganda norteamericana antes de la dimensionalidad de un personaje histórico culpable de miles de muertes, aunque con los guiños al pasado y a las relaciones humanas que tuvo, que lejos de excusarlo parece que demuestran que la traición era la bandera con la que navegaba Oppenheimer, intenta darle dimensiones al físico norteamericano.

Pese a ello, el argumento trata, de manera demasiado obvia, de hacernos entender la culpa de nuestro personaje principal, pero sin darse un clavado completo al arrepentimiento o a los motivos que lo llevan a tomar las decisiones, lo que genera una trama que puede llegar a ser terrorífica y hasta cierto punto molesta, pero la historia es la historia. Sin embargo, no se compromete a dar más matices y pinta todo de un cargo de conciencia bastante simplón y sin compromiso, donde parece que nos quieren decir que Oppenheimer es la verdadera víctima de todo el caso, cuando, evidentemente, no es así. 

El diseño de producción no tiene desperdicio por ningún lado, los sets, el vestuario y todo lo que vemos en pantalla es simplemente sorprendente y meticulosamente pensado, cuestiones a las que ya nos tenía acostumbrado Christopher Nolan desde hace años; ese cuidado al detalle en cada toma que lo han colocado como un referente entre el cine más pop y unas pinceladas al cine de autor que trata de realizar.

La Fotografía de Hoye van Hoytema, quien ya había trabajado con el realizador desde Interestelar, sabe perfectamente donde colocar la cámara en los momentos más vertiginosos, mientras nos pone en primeros planos y tomas cerradas en las partes íntimas y recrea de manera perfecta a los Estados Unidos de 1940, con un cuidado que denota el cariño con el que está hecha la cinta, además de saber mezclar de forma contundente momentos oníricos con partes reales de la historia, colocándonos dentro de una pesadilla que no debimos vivir nunca.  

Las texturas y la forma en la que las luces y las sombras se empatan para tener cierta profundidad conjuntan de manera plausible el dramatismo dentro de la cinta, sobre todo en los saltos de color entre monocromos e imágenes a todo color que nos ayudan a entender la temporalidad de la cinta y los momentos en los que vamos saltando rápidamente entre el pasado y el presente de la historia.

Si a lo anterior le sumamos las actuaciones de un elenco de estrellas de la talla de Cillian Murphy, Florence Pugh, Robert Downey Jr., Emily Blunt, Matt Damon, Rami Malek, Jack Quaid y Gary OIdman, parece una de esas producciones donde aventaron la casa por la ventana con la finalidad de tener los mejores perfiles que encarnaran a los personajes históricos, aunque, sin dudas, la interpretación de Downey Jr. como Lewis Strauss se lleva por completo la cinta y podemos decir que casi opaca al mismo personaje principal, aunque el nivel actoral es tal que cualquiera le compite a nuestro protagonista.

La mezcla de sonido es una de las mejores que el director nos ha presentado en toda su filmografía, regalando capas que se suman a la tensión del momento y la intriga que nos mantiene al borde del asiento durante toda la cinta, sobre todo en el arco final, donde llegamos a un punto álgido que nos recuerda que el terror que sentimos es completamente real.

Si a todo lo anterior le sumamos los momentos en los que los diálogos colocan frases específicas que difícilmente se borrarán de nuestra memoria al colocarlos en el momento histórico, parece que estamos frente a una de las cintas más importantes de los últimos años, y quizá por los logros técnicos y el casi nulo uso de CGI podríamos decir que es así, pero la falta de compromiso, por decirlo de una forma, para mostrar el verdadero terror y poner a Oppenheimer casi en el papel de la víctima, resulta en un producto que a momentos parece propaganda norteamericana para justificar acciones, aunque no necesariamente sea su objetivo.

Al final, Oppenheimer resulta en un logro cinematográfico excepcional con una tibieza adherida a la médula que nos coloca mucho más cerca de cintas como El Acorazado Potemkin antes de ponernos frente a una verdad desgarradora como en Ven y Mira, que ojo, Nolan no estaba obligado a darnos esa visión de la historia, pero tal vez explorar el guion desde otra perspectiva hubiera tenido mucho más eco en la audiencia, sobre todo si tomamos en cuenta que no solo hubo afectaciones en los países nipones donde estalló la bomba, miles de personas dentro de Estados Unidos vivieron a cuesta con la radiación provocada en el desierto de Nuevo México, pero eso no aparece ni por asomo en el argumento. 

Los últimos 20 minutos son simplemente sublimes y cada palabra vertida en los últimos diálogos es sorprendente, pero sin duda los enormes logros técnicos no son suficientes para borrar el trago amargo de la historia real, y no se trata de cambiar la trama para la cinta, sino de la perspectiva y el abordaje que le damos a la forma de contar el argumento. 

Calificación 8.7