Uno de los factores que explica lo ilógico que es la percepción arriba de 60 por ciento de aprobación del presidente López Obrador, ante los malos resultados de su gobierno, es el resentimiento acumulado.

Por más que la inseguridad aumenta a niveles alarmantes como en Zacatecas y Tamaulipas, AMLO trae en ambos estados una preferencia promedio de 72 por ciento de aceptación, según la consultora Mitofsky.

En Coahuila un 66.8, donde en tres años ha recortado recursos por casi 17 mil millones de pesos en áreas como la salud –en plena pandemia de covid– la seguridad pública, la educación, protección al medio ambiente y carreteras, entre otros rubros.

Todos los días líderes sociales se quejan y advierten, como General Motors que hasta se pueden ir sus inversiones y empleos, por la decisión federal de ir contra las energías limpias.

Al ir al mercado a las compras, nos enfrentamos a incrementos de precio en las verduras, frijol, leche, en la tortilla, en fin en todos los productos básicos.

Pero la imagen del presidente López Obrador no se mueve en contra, sino a favor.

Son varios factores, pero el principal radica en el resentimiento acumulado de millones de mexicanos usados –votos por el PRI y el PAN– en sus tiempos en la Presidencia de la República. Mucho más contra el PRI.

Por eso, AMLO es ubicado en un plano de político justiciero y no como presidente de la República, obligado a dar resultados tangibles que se sientan.

Fue tanto el daño, que en cada mañanera, potencializa su nivel de personaje que se convierte en ídolo y mito.

Aprobado solo por criticar el pasado, aún sin resolver el presente. Así de lastimada esta nuestra sociedad que se deja agredir con tal de hacer supuesta justicia, sin que haya de por medio, algo que le beneficie. Eso es resentimiento acumulado y lo explota muy bien un hombre que buscó la presidencia por 18 años y también acúmulo los mismos resabios.