Hay cosas que nadie disfruta, pero todos entendemos que tarde o temprano hay que enfrentarlas.

La dieta después de diciembre (o el diagnóstico médico), madrugar para alcanzar un vuelo, hacer fila para realizar un trámite, guardar dinero cuando preferirías gastarlo y por supuesto, la cruda después de una buena fiesta… aunque esa última más que necesaria, suele ser consecuencia.

Son esas pequeñas incomodidades de la vida que terminas aceptando porque sabes que detrás existe una buena razón, un beneficio o cuando menos, una buena historia que contar… en pocas palabras: males necesarios.

Hace poco escribí que en ocasiones, la cura puede estar en el mismo veneno. Y mientras más lo pienso, más creo que los mexicanos tenemos una relación bastante curiosa con aquello que alguna vez quisimos dejar atrás.

Porque somos especialistas en quejarnos de lo que tenemos… hasta que conocemos lo que sigue, nos molestaba la burocracia, hasta que conocimos la improvisación. Nos cansaban los políticos profesionales, hasta que descubrimos que gobernar un país tampoco era como seguir un tutorial de youtube.

Criticamos instituciones porque eran lentas, costosas y complicadas y después entendimos que construirlas toma décadas y por el contrario debilitarlas puede tomar una mañanera.

Durante años nos dijeron que todo lo anterior estaba podrido, que bastaba barrer las escaleras, abrir las ventanas y sacar a los de siempre para que México amaneciera convertido en Dinamarca… pero con tacos, tequila y banda (una idea que sonaba y suena espectacular).

El problema es que cambiar al cocinero no necesariamente mejora la receta, a veces solamente descubres que el anterior, con todo y sus mañas, por lo menos sabía dónde estaban las ollas.

Pero también resulta extremista pensar que experiencia significa corrupción, que lo nuevo siempre es mejor, que destruir equivale a transformar o que para gobernar basta tener buenas intenciones y una cuenta de tiktok.

Hasta para equivocarse hace falta cierto oficio y quizás México necesita volver a valorar algo que durante años se convirtió casi en mala palabra: la política.

Esa que negocía, construye acuerdos, forma cuadros, conoce las instituciones y entiende que gobernar no consiste solamente en ganar elecciones, sino en saber qué hacer después de ganarlas.

Sí, esa política tuvo defectos. Pero después de tantos experimentos quizá estamos descubriendo una vieja verdad mexicana: Uno puede cambiar de mecánico porque cobraba caro… hasta que el nuevo te entrega el coche con tres tornillos de sobra.

Entonces dejas de pensar en cuánto te molestaba el anterior y empiezas a recordar un pequeño detalle: por lo menos el otro sabía arreglar el coche.

Tal vez con los países pasa algo parecido, porque después de cambiar al mecánico, tirar el manual y convencernos de que cualquiera podía manejar el taller, quizá llegó la hora de revisar cómo quedó el coche.

Y viendo cómo anda la máquina, la pregunta ya no parece tan descabellada: ¿y si aquello que tanto quisimos quitar resultó ser, después de todo, un mal necesario?

Porque eso de “más vale malo por conocido” siempre nos pareció un refrán de abuelita… hasta que conocimos al “bueno” por conocer… lamentablemente.