El caso Milton se resume a un: ya basta de difamación y chantaje en el llamado periodismo en redes sociales. Y no es que en automático se repruebe el quehacer del periodismo en Facebook, Twitter, Instagram o en cualquier plataforma de internet, cuyo viaje vertiginoso es irreversible.

El periodismo tal y como sea, siempre será bienvenido si tiene un objetivo social, alejado del servilismo y de la malicia. En internet se hace extraordinario periodismo de investigación y denuncia, bajo la aceptación de que cualquier ciudadano con un celular está en su derecho de denunciar cualquier evento que le perjudique y que involucre a las autoridades, bajo la exigencia válida hacia cualquier servidor público. Es muy válida y de peso social.

¿Pero qué pasa con los llamados periodistas dedicados al chantaje y a la difamación que, sin escrúpulos, formación, oficio y disciplina, alardean que son periodistas y que reciben protección de tal o cual funcionario público?

Con el tiempo son ubicados en su real valía, porque agreden y pisotean a tanta gente, que no se dan cuenta que su credibilidad se ahogó en la basura y que su olor ya apesta.

Luego, por sentirse influyentes cometen una grave falta  –abuso sexual–, y todavía creen que decirse periodista, es igual a impunidad, eso es aberrante y falso.

Y el resultado es: vinculación a proceso penal y cárcel. Ya no hay salida. Es el pago del exceso de mentiras que se acumulan en una bolsa pesada y mal olorosa que urge tirar a la basura, esa donde quedó la credibilidad.

Los refranes tienen un soporte popular real y de mucho respeto. “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.

Ahí les hablan a esos que, como digo, escriben hábito, sin ‘h’ y con ‘v’ chica, como es su mentalidad de sentirse periodistas sin nunca haber empezado desde abajo, no saber escribir, pero que, con un celular y a la hora que se les pega la gana, se camuflan con la respetable figura del periodismo, oficio tan generoso que se los permite por poco tiempo.