Hay instituciones que deliberan, corrigen y ponen límites al poder. Y luego está el Congreso que Morena ha decidido construir: una especie de ventanilla única donde las órdenes llegan desde Palacio y las mayorías simplemente sellan el trámite.

La prueba más reciente fue la aprobación, en un solo paquete, de tres reformas constitucionales que modifican reglas electorales, alteran facultades del Tribunal Electoral e incorporan una nueva cláusula sobre “injerencia extranjera”, iniciativa que luego, fue retirada por el propio proponente, Ricardo Monreal. No fueron el resultado de un gran acuerdo nacional ni de un debate profundo sobre el futuro democrático del país. Fueron, más bien, el producto de una instrucción política ejecutada con la disciplina que caracteriza a quienes entienden el Poder Legislativo como una sucursal administrativa del Ejecutivo.

La reforma electoral se presenta como un mecanismo para fortalecer la representación popular. Suena bien. Casi siempre suenan bien las reformas que buscan concentrar poder. El problema aparece cuando uno revisa los detalles: ajustes que favorecen a la fuerza gobernante, reglas que consolidan ventajas ya existentes y una narrativa que pretende convertir una mayoría temporal en una especie de patente permanente para controlar las instituciones. Es el viejo truco de siempre: llamar democracia a todo aquello que beneficia al grupo en el poder.

Pero la pieza más preocupante del paquete era, sin duda, la cláusula de “injerencia extranjera”. Bajo el noble discurso de proteger la soberanía nacional se incorporó una redacción tan amplia y ambigua que podría utilizarse para señalar, hostigar o censurar a organizaciones civiles, medios de comunicación, académicos o ciudadanos incómodos. La iniciativa era tan escandalosa, que hasta algunos legisladores de Morena, sintieron un pudor que es más bien extraño entre quienes están dispuestos a sacar la aplanadora sin importarles nada más.

Y es que, cuando el gobierno se reserva el derecho de decidir quién actúa legítimamente y quién es un supuesto “agente extranjero”, la libertad de expresión comienza a depender menos de la ley y más del humor político de quienes gobiernan. Por eso, se sintió algo de alivio cuando, por lo motivos que sea, el diputado Ricardo Monreal, autor de la iniciativa, decidió retirarla.

Mientras el país acumula escándalos de narcopolítica, investigaciones internacionales, municipios bajo control criminal y crecientes evidencias de infiltración del crimen organizado en la vida pública, la prioridad legislativa de Morena no está en cerrar el paso al dinero ilícito en campañas ni fortalecer los mecanismos de fiscalización. No. La urgencia para el oficialismo es blindarse frente a las críticas. Pareciera que para Morena representan un riesgo mayor las organizaciones civiles que los grupos criminales.

Porque, más que el contenido lo que preocupa más es el procedimiento. El Congreso en manos de Morena ha vuelto a operar como oficialía de partes: iniciativas diseñadas desde el Ejecutivo, discusiones apresuradas, cambios inexistentes y legisladores que votan disciplinadamente sin modificar una sola coma. El debate democrático sustituido por la obediencia burocrática.

Lo más grave es que estas reformas no aparecen aisladas. Forman parte de una secuencia perfectamente reconocible: primero se presiona al árbitro electoral, después se debilitan los contrapesos, luego se acota la independencia judicial y finalmente se construyen instrumentos para intimidar a quienes cuestionan al poder. Todo en nombre de la democracia, por supuesto.
Al final, el mapa es bastante claro. Un Ejecutivo que acumula facultades, un Congreso que renuncia a su autonomía, instituciones cada vez más subordinadas y nuevas herramientas para etiquetar a los críticos. La pregunta ya no es hacia dónde vamos. La pregunta es cuánto tiempo más seguiremos fingiendo que la concentración de poder es una forma superior de democracia.

Porque cuando el Congreso deja de representar a los ciudadanos para representar la voluntad de una sola oficina, la democracia deja de perder calidad poco a poco. Empieza, simplemente, a perder sentido.