Es valiente Grecia Quiroz, le mataron a su marido y ahora lo reemplaza como alcaldesa interina de Uruapan, allá en Michoacán.

Su esposo, Carlos Manzo, era valiente al denunciar al crimen organizado.

Los balazos que lo mataron están llenos de complicidad y de corrupción del gobernador morenista Alfredo Ramírez Bedolla.

No se puede explicar de otra manera que los criminales estén por encima del gobierno estatal a cambio de nada.

Ramírez Bedolla, en lugar de renunciar, se quedó como protector de la delincuencia desde el momento en que no asume la voluntad de empeñarse por la seguridad de los habitantes de Michoacán.

Resulta mejor y más fácil asumir la posición de evadir su responsabilidad.

En los tiempos en que Carlos Manzo se volvió incómodo por denunciar la pasividad de su gobierno, Bedolla mantuvo la pasividad, en medio de un repudio generalizado al cobro de piso, la extorsión y los secuestros.

A la muerte del líder limonero, Bernardo Bravo, ocultó la cabeza y, lejos de asumir su responsabilidad contra los delincuentes, se mantuvo en lo suyo: la complicidad.

Bedolla es morenista igual que los gobernadores de Sinaloa, Tamaulipas, Zacatecas, Tabasco, Veracruz o Guerrero, donde impera la delincuencia por encima del estado.

Mantenerlos en sus cargos ya tiene un alto costo social y económico, y vendrá el político.

Todos esos gobernantes pertenecen a la casta de López Obrador, convertida en la peor herencia de la presidenta Claudia Sheinbaum.