Los grandes culpables de los partidos políticos de la llamada izquierda son ellos mismos.

Les ganó la vanidad y la ambición de poder, ni juntos podían vencer al hoy gobernador electo, Manolo Jiménez, y sus históricos más de 760 mil votos.

Desde la división en Morena que provocó Ricardo Mejía, al nunca reconocer al senador Guadiana, hasta los «partidos veletas» como el Partido del Trabajo y la UDC, todo junto los llevó a la contundente derrota.

Ni la aparente buena imagen del presidente López Obrador pudo con la estrategia política de la mancuerna Riquelme-Manolo.

Por eso hoy es ridículo que haya quienes cuestionen los resultados de la elección de gobernador y de diputados locales.

La culpa de la derrota de los partidos de izquierda es de ellos mismos. Las diferencias en votos son abrumadoras y no hay nada que alegar en el sano juicio.

Denunciar que hubo fraude electoral, sin pruebas, es lanzar balas de salva.

Sin embargo, sí cabe en la estrategia de Morena de cara a la elección del 2 de junio del año próximo, en la que se elegirá presidente de la República, 38 alcaldes, ocho diputados federales y dos senadores, es calentar la plaza con argumentos de falsedad que solo buscan generar un ambiente de desconfianza electoral que, también, no funcionará.

El mensaje de los electores de Coahuila quedó más que claro. Importan los compromisos cumplidos, las estrategias de planeación que se reflejen en políticas públicas de beneficio en áreas de prioridad como la seguridad pública, la salud, educación, la generación de empleos, entre otros rubros.

A los coahuilenses no les interesa la grilla barata y eso quedó claro, solo que parece que no lo entienden los izquierdistas de pleito y de cero propuestas.