En esta semana, Marcelo Ebrard deberá definir su postura. Se fue a Europa con su esposa para pensarla bien.
Tiene tres opciones: irse de Morena a Movimiento Ciudadano y pelearle la candidatura presidencial a Samuel García, el inútil ahora exgobernador de Nuevo León. Sería una media traición a Morena, bajo la finalidad de quitarle votos a Xóchitl Gálvez, pero finalmente enfrentar a Claudia Sheinbaum.
Irse al Frente Amplio por México del PRI-PAN-PRD y coordinar la campaña a Xóchitl Gálvez. Traición abierta al presidente López Obrador con consecuencias sin regreso.
Y la tercera, negociar con AMLO la presidencia del senado, además de posiciones en la cámara de diputados y no romper con Claudia Sheinbaum.
En cualquiera de los casos, es evidente que Marcelo Ebrard no tiene el peso político que pensaban sus seguidores. Y en Coahuila menos, si recuerda la cancelación de uno de los eventos que presidió en la Laguna, mientras que en el otro sus pocos seguidores tuvieron que quitar sillas por falta de asistentes.
Lo cierto es que Ebrard pasó de ser disruptivo a reflexivo, y eso abre más la posibilidad de haber negociado su permanencia en Morena y en apoyo a Sheinbaum.
También, podría haber influido el caso Mejía en Coahuila, que pulverizó y sigue pulverizando a los morenistas bajo el estigma del caudillismo.
Marcelo Ebrard, haga lo que haga, ya perdió impacto, quizá, deseoso de acomodarse en la comodidad de sumarse a la 4T, y sin importar el presente y el futuro de su socio en Coahuila: Ricardo Mejía, quien sigue perdido y sin rumbo después del «berdejazo» que no olvidan los morenistas, y menos Claudia Sheinbaum.






