A Jericó no se le puede negar su eficiente trabajo político, pero sí existe rebeldía en su actuar que lo podría descarrilar hasta llevarlo a otro partido, adversario al PRI, para ser candidato a gobernador del estado.
Jericó fue un alcalde que rindió buenas cuentas y eso le generó los activos para ganar dos veces la diputación federal.
Si bien perdió la candidatura al Senado, de todos, es sabido que realizó un intenso trabajo político, cuyo resultado no fue justo y llevó a la senaduría a Veronica Martínez.
Jericó garantiza triunfos electorales en la región sureste y es un activo.
Sin embargo, hay detalles que no le ayudan para consolidar su proyección como un político institucional que respondan a la exigencia de su partido: la unidad.
El trabajo lo cumple siempre, y con altas calificaciones, pero realidades como no ir al Consejo Político, lo alejan de su propósito de ser candidato a gobernador.
¿Por qué no fue? Porque Manolo Jiménez está apuntalado bajo la realidad de que es el mejor candidato para enfrentar una elección que no será nada fácil.
Así lo es, pero un político debe asumir actitudes de madurez que le abran más posibilidades de permanecer en el tablero de las opciones del PRI.
O, de plano, si ya no se ve en ese tablero, dejar en claro su intensión política de una manera abierta, sencilla y clara.
No hacerlo significa ser factor de división, algo que el propio gobernador Miguel Riquelme no busca, no quiere y trabaja para generar la unidad en medio de las ambiciones legítimas de políticos como Jericó: jóvenes y con futuro.
Es difícil saber esperar mejores tiempos, más difícil si tus calificaciones son altas, pero la política es el arte de lo posible, no de lo deseable.






