La complejidad de la elección de gobernador del 23 para el PRI Coahuila no es un asunto menor.

El presidente López Obrador designará candidato con un respaldo de carretadas de dinero, vía programas sociales, para conquistar votos.

Además, con temas mediáticos como la mega-deuda y las empresas fantasmas de sexenios priistas anteriores con apellido Moreira.

Frente a ese escenario, el líder del PRI, Miguel Ángel Riquelme adelanta tiempos y hace ajustes en el tablero político, para mantener Coahuila y demostrar, a nivel nacional, cómo se hace política y se construye con trabajo, resultados positivos, en contraste con el PRI antiguo y en extinción de la mancuerna ‘MM’ (Moreno-Moreira).

Uno de esos movimientos de estrategia es el cambio de la dirigencia del PRI estatal.

Para la dimensión del reto, alguien leal a Riquelme y con alta capacidad de diálogo con fuerzas internas y externas al priismo.

Alguien que mantenga y aumente la fuerza de ese partido en la Laguna –Torreón ya recuperado– Saltillo, Piedras Negras y las regiones Centro, Carbonífera y Cinco Manantiales.

Y ese es Eduardo Olmos, no hay otro. 

¿Quién entonces en el liderazgo del Congreso del Estado?

Puede ser Chuma Montemayor o el mismo Eduardo Olmos, pero lo importante para los priistas es articular las fuerzas entorno a Manolo Jiménez, futuro candidato al Gobierno del Estado.

En término de poderes, el legislativo es vital para el transcurrir del ejecutivo, con sustento social, pero en términos de política, el PRI estatal haría el traje a la medida para Manolo Jiménez.

Las cualidades de Olmos apuntan para allá. Dentro y fuera del PRI sabe hacer política y sus alcances llegan al PAN, PRD, Movimiento Ciudadano y hasta a Morena.

Y, reitero, lo más importante, el si es leal a Riquelme y los que vienen, son tiempos de lealtades y de resultados.