Durante años nos repitieron que el sistema de salud mexicano era mejor que el de Dinamarca. Que nunca habíamos estado tan protegidos. Que la austeridad no afectaba lo esencial. Y, sin embargo, hoy el sarampión —una enfermedad que creíamos parte de los libros de historia— vuelve a propagarse en las 32 entidades del país. No es una exageración opositora: la propia Universidad Nacional Autónoma de México advierte que el virus circula con intensidad, y la Organización Panamericana de la Salud ha encendido las alertas ante el riesgo de que México pierda su estatus de país libre de sarampión.
Pero tranquilos, dirán algunos. “No pasa nada”. El problema es que sí pasa. Miles de casos acumulados desde 2025, transmisión comunitaria persistente y más del 80% de los contagios concentrados en personas sin vacuna o con esquemas incompletos. El sarampión no es un simple salpullido incómodo: puede derivar en neumonía, encefalitis e incluso la muerte, especialmente en menores de cinco años. Es altamente contagioso. Tan contagioso como la irresponsabilidad.
La raíz del problema no es un misterio. En 2024, más de 340 mil niños quedaron como “cero dosis”, es decir, no recibieron ninguna vacuna. Ninguna. En un país que durante décadas fue ejemplo regional en campañas de inmunización. Para contener un virus como el sarampión se necesita al menos 95% de cobertura. Si no se alcanza ese umbral, el virus encuentra terreno fértil. Y lo encontró. Lo que hoy vivimos no es una fatalidad inevitable; es el resultado de años de desorganización, recortes, corrupción, desabasto y una narrativa triunfalista que prefirió el aplauso político a la planeación técnica.
Mientras tanto, desde el poder se intenta repartir culpas como si fueran volantes. Pero los datos son tercos. Las coberturas de vacunación cayeron de manera sostenida en los últimos años. Se interrumpieron cadenas de suministro. Se improvisaron compras. Se debilitó la estructura logística que durante décadas permitió jornadas nacionales ejemplares. Y ahora pagamos las consecuencias.
Lo más indignante es que la solución no es sofisticada ni inalcanzable. Existe. Es segura. Es eficaz. La vacuna SRP contra sarampión, rubéola y parotiditis (paperas) ha demostrado durante décadas su capacidad para cortar cadenas de transmisión. No necesitamos discursos épicos; necesitamos refrigeradores con biológicos, brigadas organizadas y centros de salud funcionando con normalidad. Necesitamos menos propaganda y más cartillas completas.
Por supuesto, aquí no se trata de sembrar pánico. Se trata de asumir responsabilidades. Porque cuando un gobierno presume superioridad moral pero no garantiza lo básico, el costo lo pagan los niños. Cuando se descuida la prevención, la enfermedad ocupa el vacío. Y cuando se gobierna con ocurrencias, los virus no distinguen ideologías.
México puede contener este brote. Pero no con negaciones ni con autoelogios. Se contiene con información clara, con campañas intensivas, con coordinación real entre federación y estados, y con ciudadanía participativa. Padres y madres deben revisar cartillas, acudir a los centros de salud y exigir que haya vacunas disponibles. Eso también es responsabilidad democrática.
El sarampión es altamente contagioso, sí. Pero también es altamente prevenible. Lo verdaderamente peligroso no es el virus; es la negligencia y la corrupción convertidas en política pública y disfrazadas de “austeridad”. Y esas, cuando se normalizan, también se propagan.







