Seguimos en una época en la que contar historias reales en la pantalla grande parece ser la fórmula del éxito, aunque esa misma fórmula termina por jugar en contra cuando no necesariamente se comprende a la figura que se retrata y vemos esbozos de biografías mal escritas y tendenciosas, lo que edifica cintas como Bohemian Rhapsody, Elvis, King Richard o la recién estrenada Bob Marley: One Love, que si por algo brillan es por la necesidad de mostrar (como si no fuera suficiente) como dioses atormentados a los famosos que busca retratar. 

Afortunadamente, The Iron Claw (La Garra de Hierro) se separa del grupo de cintas mencionado y sabe relatar, aunque de manera un tanto general, la historia de la familia Von Erich dentro y fuera del cuadrilátero, atrapando las tragedias más inhóspitas por las que atravesaron mientras trataban de hacerse un nombre en la lucha libre en Estados Unidos y en otras partes del mundo, a la par de colocar de forma cruda, pero con respeto, las idiosincrasias más profundas de la sociedad norteamericana en una lejana Texas de los años 70.

Dirigida por el estadounidense Timothy Sean Durkin, quien previamente en dos cintas independientes, que siendo sincero no fueron muy populares, la cinta nos coloca en el seno de la tragedia desde el momento en el que Jack Barton Edickson, padre de los Von Erich, trata de mover a su familia a una mejor vida ganándose la vida como luchador profesional. Las batallas y peleas que no pudo ganar tratarán de vivirlas a través de sus cuatro hijos, sin importar las terribles consecuencias que esto pueda traerle a toda la familia, que parece que en realidad atraviesa por una maldición de la cual no pueden escapar. 

El guion busca darle voz a distintos personajes de la familia durante las casi dos horas y media de metraje, aunque en su mayoría se centra en el hermano mayor, Kevin Von Erich, pero la voz del narrador pasea en un primer acto con el padre y posteriormente danza entre Kerry, Lance y David, siempre volviendo a Kevin, aunque no necesariamente con la fuerza que el texto le gustaría hacernos sentir. Si bien se delimitan bien los tres actos dentro de la cinta, para el segundo momento presenciamos un cambio de ritmo mientras los sucesos más fuertes comienzan a ganar terreno, pasando de una historia de éxito a la caída de una carrera en equipo, al mismo tiempo de darse ciertas licencias poéticas para poder hacer más melodramática la historia, situación que, si no logras conectar con el texto, probablemente genere una brecha entre la cinta y el espectador.

Al estar centrada en la vida real, los arcos más inverosímiles pueden ser entendidos desde una perspectiva mucho más humana, lo que provoca cierta cercanía con Kevin y sus hermanos, además de colocar cierta aversión en contra del antagonista que está sentado en el mismo núcleo o hacernos pensar que es un Dios omnipresente el culpable de todas las tragedias por las que nuestro héroe debe atravesar para llegar al final de su camino, que no es de redención, como nos podrían acostumbrar este tipo de cintas, sino de aceptación, pérdida y sinceridad ante los planes que simplemente no pueden ser cambiados.

La producción cuida de manera detallada la temporalidad de la película, mientras que la fotografía aporta planos secuencias de los cuales no somos completamente consientes sino hasta que estamos inmersos en alguna toma de seguimiento, además de colorear con tonos sepias la desesperanza y meternos dentro del ring muy al estilo de lo que vimos en la cinta The Wrestler, de Darren Aronofsky. 

La fotografía a cargo de del húngaro Mátyás Erdély, mismo cinematógrafo de la recién estrenada FOE, demuestra que dentro de la simpleza se pueden generar espacios desolados, aunque hay que aceptar que algunas tomas de ubicación, sobre todo dentro de los recintos de lucha, no se terminan de sentir tan grandilocuentes como se supone que deberían serlo, sobre todo si estamos hablando de estrellas de lucha libre en ascenso, aunque para ser justos, estamos hablando de que, en su mayoría, las escenografías de luchas se dan dentro de pequeños gimnasios en Texas, pero al saltar a una rama más profesional, no se siente el cambio debido dentro de las tomas.

Si a lo anterior le sumamos que el departamento de peinado y maquillaje hace lo mejor que puede, las tomas más cercanas a los rostros de los protagonistas de la cinta dejan entre ver algunos trucos, pelucas, y prostéticos que quizás desde un cuadro más amplio pasen completamente desapercibidos, pero al cercarnos son demasiado evidentes.

Las actuaciones de Harris Dickson, Holt McCallany y Maura Tierny, como secundarios, es bastante decorosa, pero sin duda Zac Efron como Kevin y Jéremy Allen White como Kerry se llevan todos los reflectores, sobre todo este segundo, quien ahora es mayormente conocido por su papel protagónico en la multipremiada serie The Bear y que aquí demuestra con creces que tiene el toque perfecto para hacer cualquier papel que se disponga. Pero hablando de Zac y su carrera tan ecléctica; sabemos que Efron puede concretar casi cualquier papel que se disponga y que lo hemos visto hacer desde musicales hasta asesinos en serie, y aquí, aunque demuestra un físico envidiable, las expresiones terminan por pasar a un segundo plano, lo que no quiere decir que estamos frente a una mala actuación, más bien es que sabemos qué hay más del actor que no terminamos de ver del todo, dejándonos con ganas de más, aunque sin duda tampoco es algo para recriminar.

La mezcla de sonido inmersiva merece mención aparte sin duda alguna, desde los primeros segundos de la cinta, con un prólogo en blanco y negro, el audio nos acerca y nos aleja de la acción, situación que se mantiene durante toda la cinta y que es un agregado que en verdad se agradece y nos hace dejar de lado esos agujeros narrativos que no nos dejan conectar del todo con la trama. Si a lo anterior le sumamos que tanto el score tenso como el soundtrack setentero atinan al sentimiento de melancolía o júbilo, según pida la escena, sumarle puntos a la producción es fácil.

Dicho todo lo anterior, el cineasta Sean Durkin parece tener una bienvenida al círculo grande de Hollywood con una película de tonos independientes que demuestra que sabe tomar una cámara y llevar un proyecto a buen puerto de manera decorosa, no perfecta, pero sí bastante aceptable, además de levantar la mano como guionista de la cinta, que, si bien le hará falta afinar algunos detalles, deja con muchas ganas de ver sus siguientes trabajos.

Si ya conoces la historia de la familia Von Erich, probablemente encontrarás dentro de la cinta algunos errores históricos o de interpretación que también te harán levantar la ceja, pero si es tu primer acercamiento, alguna vez has escuchado hablar de ellos o te gustó la cinta The Wrestler, simplemente no puedes dejar pasar la oportunidad de ver esta cinta, que si bien no es perfecta, es un suspiro agradable dentro de tantos biopics sin corazón que vemos, lamentablemente, cada vez más llegar a las salas. 

Calificación: 7.8