Llevar una obra de teatro a la pantalla grande podría parecer un trabajo que no necesariamente resulta muy laborioso, el guion y algunos trazos de movimiento de actores ya están hechos y faltaría traducirlo a lenguaje cinematográfico,  pero lo cierto es que esto resulta sumamente complejo. Sí, tal vez sean pocos personajes dentro del cuadro y quizás las locaciones sean contadas, el reto está en como lograr generar interés dentro de una historia que está en otro formato y adaptarla a los ojos del séptimo arte (haciendo valer los valores extras de edición, postproducción y cortes), pues bueno, así llegamos a The Whale, la octava película del director estadounidense Darren Aronofsky.

El cineasta neoyorquino parece un experto en hacer historias de redención que enfrentan al espectador con la pesadumbre y el vacío, aunque a algunas personas le pueda parecer más pretencioso que artístico. Películas como The Wrestler o Requiém For a Dream ya nos habían dejado ver la manera en que aborda a personajes que están buscando una última oportunidad para comenzar a hacer las cosas bien, llevándonos por caminos tortuosos y poniéndonos en frente espejos donde vemos reflejados rasgos nuestros en la trama; con The Whale logra de nuevo este empate, atreviéndose a un poco más al colocar momentos exactos donde no podemos juzgar las acciones de nadie que esté a cuadro y terminamos por desbordarnos a la par de ellos. 

La trama nos cuenta una semana en la vida de Charlie, un maestro de literatura en línea que no sale de casa y sus interacciones con el exterior están limitadas debido a su sobrepeso. Conforme la historia avanza vamos descubriendo que nuestro protagonista tiene cuentas pendientes con su exesposa, con su hija y con su mejor amiga, además de cargar demonios a sus espaldas debido a la culpa y algunas decisiones que tomó en su pasado, las cuales lo orillan a la autodestrucción y a buscar una última oportunidad de redimirse.

Quitemos el elefante blanco de la habitación; la historia no busca en ningún momento dar un discurso de gordofobia o morbo, aunque es probable que una parte de la audiencia encuentre que todo se pasea en una línea muy delgada donde el discurso podría leerse de esa forma. Lo que en realidad aborda la cinta es la percepción propia del individuo como un monstruo, no por su apariencia física, sino por las acciones y decisiones tomadas y la manera en la que estas afectaron a su alrededor, partiendo de ahí hacia una visión donde podemos empatizar sin calificar y nos vemos representados en la pantalla de una u otra forma. 

Con un metraje hecho en formato 4:3 que agrega un poco de claustrofobia a espacios sumamente cerrados, la fotografía sencilla y un tanto teatral nos permite centrarnos en los diálogos que los personajes mantienen sin parar, centrando nuestra atención mucho más en la manera en la que cada palabra es acompañada de una tipo de desolación, culpa y dolor adherido desde la raíz de lo que mueve a todo el cuadro, sin importarnos que sea la rabia, el enojo, el amor o el chantaje lo que esté detrás.

Si bien no es una película sumamente compleja, The Whale termina siendo una experiencia dolorosa, reflexiva e introspectiva que se acerca mucho más a The Wrestler que a Black Swan, ofreciendo una puesta en escena corta con colores sumamente sombríos y fríos durante los primeros dos actos y una conclusión monumental donde sale el sol, pero termina de arrancar un último suspiro, además de servir como simil entre la imagen mental de la ballena y la carga de problemas que una persona arrastra a lo largo de su vida.

La actuación de Brendan Fraser dota de matices y sentimientos los pocos movimientos que pueden verse ejecutados a cámara, concretando un regreso a la pantalla grande sumamente valioso y digno de aplaudir. 

La música incidental acompaña de manera cautelosa la historia y no busca entrometerse más de la cuenta, siendo tan profunda que a momentos olvidamos que estamos dentro de una historia de redención y nos mete en un drama sin muchas salidas ni puertas.

Decir que una película no es para todos es un recurso fácil, pero The Whale en verdad puede generar un choque con un tipo de público que no logre empatar con la historia, llegando a hacer pensar a este sector de los espectadores que están frente a algo simplón y exagerado que busca la lágrima fácil, pero no es así, la cinta evoca directamente a los demonios más profundos de la psique del espectador y termina convirtiéndolo en cualquiera de los cinco personajes en la trama.

Si tomamos en cuenta la puesta en escena y el arco argumental, la película es exactamente todo lo que esperamos de Darren Aronofsky, dejando de lado Noé, ya que su cine saber perfectamente como provocar sin ser necesariamente escandaloso, aunque aquí es donde se divide la cosa, donde un sector ama encarecidamente lo que hace el director y otros lo detestan (al igual que en Mother!).

Pocas veces he tenido la oportunidad de salir de una sala de cine y ver a toda la gente a mi alrededor llorando y The Whale lo logra, que tanto conectes o entres en la convención con la cinta parece más un tema de vivencias propias antes de ser algo sobre un gusto subjetivo. No, no es una cinta que disfrutes, es un espejo doloroso en el que, a veces, es buena idea asomarnos.

Por cierto, con el perdón de Collin Farrell, ya denle el Oscar a Brendan Fraser. 

Calificación: 9.2