Sinaloa.- Desde septiembre, una ‘guerra’ interna entre las facciones de Los Chapitos y La Mayiza ha llevado a los grupos criminales del Cártel de Sinaloa a trasladar sus laboratorios de fentanilo a diversos puntos de Sinaloa. Según un reportaje de The New York Times, las organizaciones han improvisado estos espacios en lugares como cocinas comunes, adaptándolos para la producción del opioide, incluso en el centro de Culiacán, sin levantar sospechas. A pesar de los riesgos mortales que implica la exposición a los químicos tóxicos, los cocineros han desarrollado una tolerancia que les permite continuar con su trabajo en condiciones peligrosas.

Las periodistas Natalie Kitroeff y Paulina Villegas, junto con la fotógrafa Meridith Kohut, lograron infiltrarse en los laboratorios sin conocer con qué facción exactamente estaban interactuando. En su visita, documentaron cómo los criminales cocinaban fentanilo de manera rutinaria, sin los habituales olores o humos que pudieran alertar a los transeúntes. Con cubrebocas y cervezas en mano, los involucrados explicaron que a pesar de lo letal del fentanilo, la actividad era casi una tarea diaria, en la que se producían cantidades suficientes para miles de dosis.

El testimonio de uno de los cocineros, quien empezó en el crimen organizado a los 16 años, revela el lucrativo negocio que ha generado el tráfico de fentanilo. El hombre, que antes se dedicaba a la producción de metanfetaminas, ha amasado una fortuna con la fabricación del opioide, comprando vehículos de lujo, casas y hasta un helicóptero. A pesar de las acciones de las autoridades y la presión internacional, este cocinero se mostró escéptico sobre la posibilidad de que algo termine con su lucrativo negocio, señalando que la demanda en Estados Unidos alimenta su imperio.