Hay una frase que parece salida de una sobremesa mexicana, pero tiene más ciencia de la que aparenta: la cura está en el veneno.
No siempre, claro. Tampoco vayan a experimentar con lo que encuentre debajo del fregadero o la lavanderia. Pero la idea resulta fascinante: existen sustancias capaces de hacer daño que, administradas de otra manera, pueden convertirse en parte del remedio.
Dicen que para fabricar ciertos antídotos primero hace falta el veneno. La ciencia descubrió que aquello que puede enfermar o matar, correctamente procesado y tratado, también puede ayudar a producir la cura, la naturaleza tiene esas ironías.
Y en política pasa algo parecido. México lleva años intentando curarse de México, cada cierto tiempo declaramos que todo lo anterior estaba mal, que ahora sí se encontró la fórmula definitiva y que basta cambiar nombres, colores, instituciones y hasta palabras para que los viejos problemas desaparezcan.
El problema es que los problemas son bastante necios; la inseguridad no desaparece porque le cambiemos el discurso, las carreteras no se arreglan con una conferencia de prensa, los hospitales no se abastecen con buenas intenciones y la economía tiene la pésima costumbre de no emocionarse con los aplausos.
Gobernar, para desgracia de los enamorados, sigue requiriendo algo terriblemente aburrido: experiencia, instituciones, cuadros preparados, operación política y capacidad para ponerse de acuerdo; palabras que durante algún tiempo parecieron convertirse casi en insultos.
Porque también nosotros somos curiosos: primero despreciamos la experiencia porque representa “lo de antes” y después nos sorprendemos cuando alguien tiene que aprender mientras gobierna.
Es como despedir al piloto porque lleva demasiados años volando y en plena turbulencia, preguntarnos si no habrá dejado por ahí el manual. Eso no significa idealizar el pasado, sería absurdo.
México tuvo errores, excesos y prácticas que merecían cambiar. Muchas cambiaron y otras todavía deben hacerlo, pero destruir una farmacia completa porque una medicina salió mala tampoco parece particularmente inteligente.
Tal vez la madurez política comienza cuando dejamos de discutir solamente quién tuvo la culpa y empezamos a preguntarnos qué sí funcionaba, qué debemos recuperar y qué jamás debemos repetir.
Porque ningún país avanza empezando de cero cada seis años, las instituciones acumulan experiencia, los gobiernos aprenden, las generaciones corrigen y hasta los partidos —cuando entienden el mensaje— están obligados a cambiar.
Quizá por eso la historia tiene un sentido del humor bastante mexicano, nos hace alejarnos de ciertas cosas para poder valorarlas, probar soluciones nuevas para descubrir que no todas eran soluciones y mirar hacia atrás, no necesariamente para regresar, sino para recordar aquello que nunca debimos abandonar.
A veces el futuro no consiste en inventarlo todo nuevamente, a veces basta reconocer qué servía, corregir lo que falló y tener la humildad de aceptar una incómoda posibilidad: que después de probar tantos remedios milagrosos… parte de la cura siempre estuvo en el veneno.







